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miércoles, 18 de marzo de 2015

LA RUTA DEL 123


Y había llegado... mi último día de trabajo... mi última ruta en aquel trayecto que había recorrido durante tantos y tantos años. Sería la última vez que volvería a ver aquellas caras, algunas, ya tan conocidas.

Así, con ese olor a añoranza, remontamos la primera parada y como siempre ahí estaba Isabel. Mi Isabelita, mi niña mimada. Recuerdo él primer día que la conocí, tenía cuatro años e iba con sus padres a ver la cabalgata de Reyes, su primera cabalgata. Sus ojitos parecían dos lámparas brillantes, sus risas, su alegría, su ilusión, aquella ilusión que solo puede tener la inocencia más pura. Ahí estaba esperándome, convertida ya en toda una mujer, para que la llevase a su trabajo como cada día.

En la segunda parada, como casi siempre, estaba don Francisco. ¡Pobre hombre!, siempre como cada mañana con la única compañia de su garrote, arrastraba sus pies castigados por la artrosis. Su figura era inconfundible, su abrigó con el forro descosido, raído y descolorido por el paso de los años, su pelo grasiento y su barba descuidada de días sin afeitar.

Este hombre en sus años mozos fue una persona exitosa, educada y culta, pero la vida no es justa para todo el mundo y mucho menos para él. Un señor con todo el sentido literal de la palabra, ahora se veía así, totalmente abandonado. Vivía con su hijo y su nuera, pero apenas le hacían caso y él, a pesar de sus muchos años, cada mañana; salvo por causas mayores y muy justificadas, me esperaba en la parada para que le llevara a la Biblioteca Nacional donde pasaba muchas horas para ser lo menos gravoso y molesto a su familia.

¡Despacio don Francisco!, no se apure arrancaré con suavidad para darle tiempo y que se pueda sentar.

Y ¡a quien veo aquí!, Carlos, el chico serio del barrio, como cada mañana camino de la Universidad. Carlos ya estudió la carrera de Filosofía y Letras. Trabaja por las tardes dando clases en una academia y no contento con eso, ahora, está estudiando Derecho.

¡Aja!!!, como me esperaba no ha tardado en ponerse junto a Isabelita, entre estos dos intuyo que va surgir algo, solo les falta un empujoncito, ¿doy un frenazo? No, me voy a contener que no quiero un disgusto para ser mi último día. Su expresión y la forma de mirarse lo dice todo, lástima que yo no lo veré.

Pero si hoy también me espera Guadalupe, hacía días que no la veía, su presencia nunca pasa desapercibida, su forma de hablar fuerte a pleno pulmón hace callar el resto de los murmullos. Esta mujer bajita y regordeta tiene una vitalidad envidiable. Hace la limpieza de varios portales del barrio, por eso siempre se encuentra algún conocido y nos ameniza con sus conocimientos sobre la vida y milagros de muchos vecinos.

Aquí está mi pequeño Lucas, digo pequeño por decir algo, que ya es todo un mocetón de veintitrés años. Quiero a todos mis clientes, ¡claro que sí! Pero no puedo negar, se me nota demasiado, que este chico es mi favorito. Le conocí cuando tan solo tenía doce años. Era un pilluelo, sus padres por el trabajo le tenían un tanto abandonado, se pasaba todo el día en la calle mezclándose con chicos mayores que él.

Cuando le conocí trataba de robar alguna cartera, pero me di cuenta y pegué un brusco acelerón lo que hizo que le pillasen. Le dieron un buen susto llevándole a la comisaría, aunque el susto mayor se lo llevaron sus padres que, a partir de entonces, se replantearon su vida y el futuro de su hijo. Afortunadamente y con su buena voluntad y la predisposición del asustado chico, hicieron de Lucas lo que es hoy en día; un chico responsable que no falta un día a su trabajo de mecánico, por cierto, dicen que es muy bueno.

Lentamente se va llenando el autobús, y minuto a minuto, como un incesante goteo que marca mi llegada a la meta, va pasando el día. Un día que se me ha hecho muy corto.

Que les puedo contar de Pepe, mi fiel amigo de tantos años, mi compañero de fatigas, la persona que ha compartido tantas horas de su vida conmigo. Nadie como él me ha sabido comprender y es que empezó a trabajar conmigo siendo muy joven. A él le quedan aún algunos años para jubilarse.

Ya llega la hora de recorgerse y vamos de camino a las cocheras municipales, mi último destierro. Alguien ha decidido que ya no sirvo, que mi viejo motor ya no es útil.

Mañana este mismo trayecto lo hará otro coche, mucho más nuevo, incluso de otro color, más bonito y más potente. Seguramente contaminará menos, y llevará una plataforma baja para que don Francisco pueda subir sin tanta dificultad. Pero, ¿captará el alma de todas esas personas como yo la he captado?.

— Hola Pepe. ¿Has terminado por hoy?, ya está bien, tendrás ganas de llegar a casa. —Saluda el encargado de las cocheras.

- Buenas Daniel, sí, hoy estoy algo cansado. Además no sé, tengo algo de morriña, mañana me dan coche nuevo.

— Ya lo sé, he visto en el cuadrante que el coche 123 va al desguace. Este viejo cacharro ya no da para más.

— Pues yo me siento algo triste, han sido muchos años conduciéndole. Y te digo Daniel, que esta máquina todavía responde, no sé si un coche nuevo rendirá lo que ha rendido mi 123. En fin, mañana será otro día.

Adiós Pepe, viejo amigo, yo también te echaré de menos, solo me queda la esperanza de que alguna de mis viejas piezas sea reciclada en algún coche nuevo y, que otro Pepe, algún día lo conduzca. Eso que en tal alta estima teneís los humanos y que llamais donacion de órganos, y es tan común en nosotros, los cacharros viejos e inservibles.

Adiós querido amigo, que sepas que la mayoría de los frenazos y acelerones los provocaba yo.

Diciendo esto, el coche 123 lanzó un guiño como solo un coche podía hacerlo.

— Daniel ¿has visto eso?, creo que los faros se han encendido y se han apagado solos.

— Pepe, vete a casa, creo que sí es cierto que hoy estás más cansado de lo normal.









FIN

miércoles, 11 de marzo de 2015

FALSA CULPABLE

video

Los copos de nieve golpeaban la cristalera del salón convirtiéndose, en el choque, en finas gotas de agua. Marisa contemplaba con la vista fija en el ventanal las finas hileras que dibujaban las gotas al descender por la superficie lisa y transparente. La niña estaba fascinada, sentía que la ventana estaba derramando las lágrimas que ella ya no podía verter porque, simplemente, estaba seca.

Las horas iban pasando en silencio y soledad, el atardecer precipitado por las espesas nubes blancas y que, sin embargo, le daban al ambiente un extraño tono blanquecino, espectral y frío. Marisa se sentía sola, tan sola como tantas otras tardes grises, blancas o soleadas, no importaba el estado climático de aquellos días apagados y abandonados a la tristeza. Ya nada era igual, sus padres se recluían en su propia aflicción y no la hacían caso. Incluso sentía que la casa que antes la acogía con esa calidez propia de las madres atentas y cariñosas, ahora parecía que iba cerrando poco a poco sus paredes en torno a ella, haciéndola sentir un agobio y una angustia que se fijaban en su garganta, haciendo que ese nudo, que casi la impedía tragar, se hiciera cada vez más grande y la ahogara mucho más.

Marisa se sentía prisionera en aquella mansión que había sido su jaula dorada durante casi toda su corta vida, pero aquello había pasado hacía tanto tiempo...

Entonces la vida les sonreía, sus padres eran felices y estaban todo el día alegres. Los negocios funcionaban bien, su padre era uno de los hombres más respetados de toda la ciudad y su madre era una mujer tranquila y cariñosa, pendiente de su marido y de sus hijos.

Todo estaba bien, todo era perfecto y funcionaba con la misma precisión que una máquina. En aquellas circunstancias, en una tarde blanca de nieve y frío extremo, Marisa jamás hubiera estado sola, ahora seguramente estaría en el salón acompañada y cobijada sintiendo el calor de los brazos protectores de su madre y escuchando su dulce voz contándola alguna historia de esas que tanto la gustaban a ella de hadas y princesas hermosas y buenas, y de brujas malvadas.

Pero ahora, estaba sola, sola y triste, triste y abandonada, abandonada y destruida en un mundo que ya no la pertenecía. No la pertenecía porque parte de ese mundo que tenía no era suyo en su totalidad, parte de esa vida que ella estaba viviendo tendría que ser también de su hermano, Antonio, el niño de cabeza dorada y rizos rubios que había llegado al hogar tres años más tarde que ella, y desde entonces, se había convertido en, su juguete primero y cuando las edades se fueron igualando en su mejor compañero de juegos.

Pero Antonio un día se fue, se marchó para siempre de sus vidas y les dejó abandonados en la total miseria. Papá abandonó los negocios y la ruina les consumió, no salía de su despacho para nada, ni siquiera para ir al dormitorio y, al menos, dormir una noche con comodidad en su cama. Mamá no volvió a reír, ni a cantar, ni siquiera se acercaba a ella; se pasaba el día llorando encerrada en su habitación, no permitía que nadie la visitase ni quería trato con nadie. Los sirvientes habían abandonado la casa, solo se quedó con ellos la fiel Dorotea, la nana de su madre, la persona que la había criado y que después se había ocupado de sus hijos.

Dorotea era la única persona que la cuidaba un poco, aunque este cuidado se limitase a ponerle la comida tres veces al día y mantener su ropa limpia, eso sí, sin dignarse a mirarla o dirigirla la palabra.

Habían pasado ya cuatro años desde la tarde fatídica, Marisa seguía siendo una niña prisionera en el cuerpo de una adolescente de quince años; y es que su cuerpo crecía de manera directamente proporcional a como se empequeñecía su mente.

La pobre muchacha se había quedado estancada en aquella tarde lejana, cargando el peso de su propia culpa, cuando el columpio del jardín disparó a su hermano del sillín. Lo único que machacaba su cabeza una y otra vez eran las carcajadas de Antonio y su alegre vocecilla infantil pidiendo que siguiera empujando con más fuerza el columpio: “¡Venga Marisa, empuja más fuerte, quiero sentir el viento en mi cara, quiero subir lo más alto posible, quiero tocar el cielo con mi mano!”.

Las risas se cortaron en seco, la voz se apagó para siempre, la felicidad desapareció para no volver jamás a sus vidas y en la cabeza de Marisa, a parte de los últimos momentos de Antonio, solo quedaron grabadas otras dos cosas: El cuerpo inerte de su hermano tendido en el césped y la mirada acusadora y rígida de su madre sobre ella.

FIN

miércoles, 4 de marzo de 2015

SENDERO SIN FINAL


No entendía nada de lo que me sucedía. Tenía la sensación de que había pasado siglos durmiendo y durante aquel sueño había perdido la noción del espacio y el tiempo. Ahí estaba tendido en una cama blanca, en una habitación blanca sin más muebles ni atrezos; una puerta situada frente a mi cama y una ventana estrecha y enrejada situada a mi izquierda en lo alto de la pared eran las únicas variantes en aquel espacio totalmente impersonal y aséptico. Por entre los barrotes se colaban unos cuantos rayos de luz que iluminaban la estancia y le daban un pequeño punto de calidez a tanta frialdad.

Quise moverme y fue imposible, observé con sorpresa que unas ligaduras fuertes sujetaban mis brazos y piernas. En ese momento vi cómo se abría la puerta y la atravesaron dos figuras grandes enfundadas en unos monos irremediablemente blancos, portaban utensilios de aseo. Les pregunté que me había pasado y donde me encontraba, ni me contestaron, se limitaron a aflojarme las correas y comenzaron a desnudarme para lavar mi cuerpo. Al finalizar la tarea recogieron todo, volvieron a apretar mis ataduras y se marcharon tan en silencio como habían llegado.

No había un miserable reloj que me indicara una hora exacta, era de día, eso sí me lo indicaba la luz que entraba en la estancia, si es que aquello no era un efecto artificial creado para agudizar mi aturdimiento. Tendría que conseguir mantenerme despierto para comprobar si, finalmente los brillantes rayos de sol cedían sus espacio a la luz suave de las estrellas y con ella a la negrura de la noche. Al final me cansé de contemplar tanta blancura y de tantas elucubraciones absurdas y mis pensamientos, dando un giro mucho más agradable, se elevaron por el techo y salieron a través de las rejas de la ventana buscando a mi adorada Mabel.

Era muy difícil para una persona como yo, realista hasta la médula, soñar. Desde mi infancia fui un pobre desgraciado que carecía hasta de lo más elemental. Desde muy pequeño tuve que llevar el pan a mi casa ya que mi padre, delincuente de pacotilla, estaba más dentro de la cárcel que fuera y poco o nada podía hacer por nosotros. Mi madre, adicta al alcohol y a las drogas desde la adolescencia, tampoco podía hacer nada por sus hijos, por lo tanto yo me convertí en un pequeño cabeza de familia y en la única esperanza para mis dos hermanos pequeños.

Sí, desde que prácticamente abrí los ojos a la vida tuve que pelear por la existencia, por salir adelante y por que la miseria no se apoderase de nosotros. No tuve tiempo para ilusiones, ni fantasías, ni cuentos, ni aventuras donde yo era el héroe; mis únicas peripecias se limitaron a salir cada mañana a buscar comida para mi familia. Cualquier trabajo era bueno para ello, por eso ejercí diversas profesiones: limpiabotas, repartidor de periódicos o cualquier otra cosa que se pudiera repartir a domicilio; hasta que terminé trabajando como comercial en una empresa de piezas para coches. Sí, prosperé en la vida y al final logré tener un trabajo estable y con un sueldo suficiente para vivir sin demasiadas estrecheces. Pero no pude recuperar lo que había perdido, no hay dinero que pague la falta de ilusión, la ausencia de la inocencia infantil... hasta que conocí a mi pequeña hada, a la musa que me hizo conocer ese maravilloso mundo que jamás había visitado, que ni siquiera había presentido que pudiera existir.

Conocí el maravilloso mundo de los sueños y la evasión ya de adulto cuando Mabel se cruzó en mi camino. Ella me enseñó lo agradable que resulta soñar, lo bueno que es poder evadirse de la realidad que nos invade y que, en muchas ocasiones, nos cubre de miseria. Ella me llevó de la mano y recorrió conmigo el mundo de Fantasía, el hermoso sendero amarillo que no tenía fin.

Cada día nos encerrábamos en nosotros mismos y viajábamos al país de Oz, siempre acompañados por nuestra guía Dorothy y su perro Totó, saludábamos al espantapájaros, al león cobarde y bondadoso y al hombre de hojalata. Jugábamos con las brujas del Norte y del Sur y conseguíamos pasar desapercibidos para las malvadas brujas del Este y del Oeste.

Cada día avanzábamos más en nuestra meta hacia el castillo de Oz, queríamos conocer al mago, imbuirnos de su sabiduría, disfrutar de su magia. Pero el camino nunca se terminaba. Siempre había algo nuevo que descubrir, algo más fantástico si cabe, más asombroso donde nada se correspondía con todo lo conocido, donde ni siquiera los colores eran los mismos colores que en la realidad... ni las sensaciones... ni los olores... nada era real, pero tampoco era mentira.

Para mí los días eran un suplicio, suspiraba y veía pasar las horas lentamente esperando con ansia la llegada de la noche y, con ella, el encuentro con Mabel y de nuevo nuestro paseo por aquel asombroso mundo que cada vez me atraía más. Cogidos de la mano atravesábamos de nuevo las páginas de ese extraordinario universo y nos perdíamos en su suelo amarillo y sus laterales azules.

Pero una noche, Mabel llegó tarde a nuestra cita, yo estaba nervioso y alterado. ¿Me habría abandonado? ¿Estaría harta de mí, un pobre hombre acobardado y vencido por las circunstancias de una vida dura? No me extrañaba, no era la primera vez que una mujer me dejaba a mi suerte. Pero al final volvió a mi lado, era tarde pero allí estaba frente a mí, fue tanta mi alegría al verla que no supe medir mis fuerzas y en el abrazo del reencuentro la apreté. Era tal mi sensación de alegría que no supe medir mis fuerzas y mientras estrujaba con mis poderosos brazos su cuerpo menudo, ella chillaba y entre sollozos me pedía que la dejara, que no la abrazase tan fuerte que la impedía respirar. Los chillidos se fueron convirtiendo en jadeos apagados sin fuerzas para hablar, su voz salía entrecortada, sin aliento, pero yo seguía apretándola muy fuerte, cada vez más fuerte entre mis brazos hasta que sentí un crujido, y me di cuenta demasiado tarde que los frágiles y delicados huesos de Mabel se habían roto, yo los había partido sin ninguna misericordia.

No quise hacerlo, he jurado mil veces que solo fue una señal de afecto, una caricia exagerada sí, porque la alegría de haberla recuperado me exaltó.

Fui yo el primero que acudí a la policía, fui yo quien se declaró culpable ante todo aquel que quisiera oírme. Y ahora estoy aquí, en este lugar blanco, impoluto, sin colores, sin alegría, en total soledad. No sé si es la auténtica realidad que me envuelve o son mis sueños que me atormentan. No se si este encierro mío es real o es producto de un mal sueño. Lo cierto es que desde que Mabel desapareció de mi vida no he vuelto a visitar el maravilloso mundo de Oz, parece como si ese lugar de prodigios asombrosos se hubieran esfumado con ella.

Mi único contacto humano era unos pocos minutos dos veces al día con aquellos hombres enfundados en sus monos blancos y, muy de vez en cuando, con dos hombres con batas blancas que, portando una carpeta en sus manos me miraban con indulgencia y movían la cabeza negando repetidamente para que el más mayor volviera a murmurar muy bajo, pensando que yo no le podía escuchar, las mismas palabras:

“¡Pobre muchacho!, es una lástima que haya perdido la noción de la realidad de esa manera, mira que pensar que ha asesinado a su novia. Este pobre desgraciado no tenía novia. La policía acudió a la vivienda en cuanto él se presentó a entregarse y allí no había ningún cuerpo. Lo único que encontraron en aquella habitación fue una figurilla de porcelana con forma de ninfa hecha pedazos en el suelo”.

Y ellos, pobres desgraciados, ¿que sabrán lo que pasó con Mabel?


FIN